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miércoles, 22 de febrero de 2012

¿De dónde vienen las ideas?


La primera idea de negocio real que valoré tuvo su origen en la realización de un trabajo para una asignatura en segundo de carrera.

La temática que había escogido fue “Los invernaderos de flor en la comarca de Ferrol”.  Realmente en la elección del tema hicieron su parición dos componentes, el primero tenía que ver con la cercanía de este tipo de invernaderos a la casa de mis padres y, el segundo con el interés que desde pequeño tuve en la producción de bienes, especialmente aquellos que provenían directamente de la tierra o del mar. Supongo ello se debía a un ancestral miedo a no ser capaz de alimentarse en la etapa adulta.



Según el test de Kolt sobre estilos de aprendizaje, que realicé años más tarde, mi estilo se denomina ”Adaptador·.

Los puntos fuertes que destaca el autor sobre este tipo de personas es que hacen y se involucran en cosas y experiencias nuevas.

Suele ser más arriesgado que el resto de las personas y se le llama “adaptador” porque destaca en situaciones donde hay que adaptarse a circunstancias inmediatas específicas. Es pragmático, en el sentido de descartar una teoría sobre lo que hay que hacer, si ésta no se aviene con los “hechos”. El adaptador se siente cómodo con las personas, aunque a veces se impacienta y es “atropellador”. Esta persona suele encontrarse dedicado a actividades técnicas o prácticas, como los negocios.

A la vista de lo anterior, parece evidente que el emprendimiento podría ser una opción lógica en mi vida y así fue y también es cierto que la impaciencia y el ser algo "atropellador" condicionan muchos de mis comportamientos.

Sin saber que mi personalidad era adecuada para ello, me planteé, entonces, la posibilidad de crear una empresa dedicada a la producción y comercialización de flor. El mercado estaba en alza, por aquel momento y tendría muchas posibilidades de desarrollo con una adecuada incorporación de la tecnología en las explotaciones. 

Esto último hacía que me pareciese más atractivo ya que dedicarse a la agricultura tradicional no estaba en los planes de un pequeño urbanita como yo.

Durante los siguientes años fui planteando más en serio la posibilidad de crear una empresa al acabar mis estudios universitario.

Por una parte serviría para poner en práctica mis teorías sobre la posibilidad de crear “otro tipo de empresa”, y por otra, me permitiría lograr un modo de vida en un momento en el que la crisis económica te mandaba al paro un buen número de años al acabar la carrera.

jueves, 9 de febrero de 2012

Los comienzos


Para encontrar los orígenes la historia que os voy a contar hay que trasladarse a la segunda mitad de los 70.

Por aquella época yo tenía entre  siete y once años y, en esos años que según los pedagogos marcan en buena medida el carácter que más adelante desarrollaremos, ya se podían ver alguna de las claves que definen mi desarrollo personal y profesional.

Se recuerda, en el imaginario familiar, aquella vez que, estando la familia de viaje de vacaciones cruzando España de sur a norte y después de un buen número de horas en el SEAT 131 de mis padres paramos para hacer un pequeño descanso y los consabidos viajes al WC.



Pasado el momento de las súplicas en las que les pedíamos a nuestros progenitores que nos pagasen amablemente unas fantas, y a la vista de la nula efectividad de nuestras plegarias decidí ofrecerme yo a pagar las consumiciones  de mis dos hermanos mayores.

Lo que para ellos suponía un elevado acto de altruismo por mi parte, para mi era sólo una inversión de corto plazo por la que pretendía satisfacer una necesidad perentoria y, al mismo tiempo, lograr cierta rentabilidad.

Muchos años más adelante, cursando 4 de carrera, pude comprender el concepto que guió mi comportamiento de aquel momento, que no por desconocido dejaba de operar. Se trataba del conocido como pay-back o en la lengua de estas tierras, el plazo de recuperación de la inversión.

Mi propuesta de pagar las fantas era para mi un mero acto de inversión que esperaba tuviese como pay-back un plazo inferior a los dos días, momento en el que llegaríamos a casa y mis hermanos podrían devolverme las cantidades invertidas.

Mis previsiones se cumplieron, pero resultó necesaria la intervención de un organismo mediador, “mamá”, quien, con el objetivo de evitar males mayores dictaminó que mis hermanos deberían devolverme el dinero que yo había adelantado, pues no era cosa de que el pequeño pagase las fantas de los mayores.
La verdad es que la rentabilidad de la operación resultó excelente ya que, con unas pequeñas artimañas, de las que el arte de la venta no está exento, logré trasladar a mis hermanos el coste de mi “Fanta”. Todo un logro para un niño de 7 años que se iba ganando el apodo de “negociante”.

Debo decir en este punto que bajo el concepto de “negociante” se recogen, en el caso del lenguaje familiar, un buen conjunto de atributos, algunos de marcado carácter positivo pero otros bastante alejados de lo que podríamos considerar ético o adecuando.